Trump ha creado un equipo con un grupo de naciones que son de su agrado para, según él, impulsar la paz en el mundo, comenzando con Gaza, como si no fuese el principal aliado de Israel o como si no estuviera más interesado en el territorio que en la verdadera paz.
Emberrinchado porque no le dieron el Nobel de la Paz y claramente sediento de reconocimiento personal, ahora se impone como presidente de su propio consejo, reconfigurando la concentración del poder internacional bajo un solo criterio: el suyo.
Sus principales seguidores ya están dentro, más que honrados de que los voltee a ver. Ahí está, por ejemplo, Milei, orgulloso de haber recibido la invitación y de figurar en la escena internacional, al igual que Lukashenko, de Bielorrusia.
Otros tantos aún la piensan, no tanto por convicción, sino porque este grupo parece estar más destinado a respaldar a Trump que a realmente contar con la opinión de los demás.
Y como buen bully, al primero en oponerse lo amenaza con sus clásicos aranceles. Francia expresó sentirse incómoda con este reto directo a la ONU y optó por declinar, recibiendo rápidamente la trompada gringa, acompañada además por la publicación de mensajes privados, exhibiendo (sin el menor respeto a la diplomacia) que la oposición francesa no es tan firme como pretende.
Y es que, aunque de cierta forma tenga razón al señalar que la ONU no ha logrado resolver muchos conflictos, tampoco podemos llamar “paz” a lo que él propone. Más bien parece un niño caprichoso que calma un poco las aguas imponiéndose mucho más de lo que negocia o toma en cuenta el bien común.
A eso se suma su advertencia de que ahora solo se concentrará en los intereses de Estados Unidos, como si no hubiese sido exactamente eso lo que ha hecho desde que llegó al poder. Más que por su país, parece abogar por sí mismo. Sabe que su mandato no es eterno y que conviene asegurar beneficios mientras puede. Después de todo, más que un político por convicción, sigue siendo un empresario.
Ahora, con los ojos puestos en la isla más grande del mundo bajo el pretexto de adaptarla como base anti China y Rusia, queda por ver si la OTAN logra ser lo suficientemente firme como para detener el tornado de intervenciones de su propio “aliado”.