Hablar de una desaladora en Playas de Rosarito terminó convirtiéndose casi en parte del paisaje político de Baja California.
Desde hace tiempo se anunciaba, se discutía, y aunque cambiaban gobiernos, el problema seguía exactamente donde siempre, con una Zona Costa creciendo a una velocidad mucho mayor que sus fuentes de agua.
Pero el pasado viernes cambió el panorama de manera definitivo.
La colocación de la primera piedra puso en marcha una obra que modifica en serio el horizonte hídrico de Tijuana, Rosarito y Ensenada.
Así que por lo pronto, más de 2 mil litros de agua por segundo y un incremento de hasta 45 por ciento en la disponibilidad del recurso colocan a la región en una posición muy distinta frente a las próximas décadas.
Pero recapitulemos, porque llevar una obra de esta dimensión desde el escritorio hasta el terreno no es que ocurra por accidente.
La gestión comenzó con Andrés Manuel López Obrador, pero el valor puntual es el de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien la mantuvo entre las prioridades federales y la gobernadora Marina del Pilar empujó desde Baja California hasta verla finalmente en construcción.
Mientras tanto, Conagua, el Gobierno del Estado y la CESPT han hecho la parte técnica menos visible, pero indispensable para que la desaladora no termine aislada de las redes que deberán distribuir el agua.
Más de 15 mil 600 millones de pesos de inversión pública y otros 4 mil 600 millones en infraestructura complementaria dan una idea del tamaño de lo que comenzó en Rosarito.
Mantener el proyecto bajo un esquema público y sin trasladar su costo a las tarifas de las familias también cuenta, sobre todo tratándose de un servicio básico y no de cualquier infraestructura.
Para 2029 deberá estar produciendo agua, pero antes tendrán que construirse kilómetros de redes, adecuarse infraestructura y preparar un sistema capaz de llevar ese volumen hacia casas, hospitales, escuelas e industrias.
Ahí la CESPT tendrá buena parte del trabajo fino, ese que rara vez aparece en la fotografía de una primera piedra, pero termina definiendo si una gran obra funciona.
En esta parte de Baja California conocemos perfectamente la incertidumbre de un corte, la presión de los veranos y esa vieja pregunta sobre cuánto puede seguir creciendo una ciudad con las mismas fuentes de siempre.
Pero el viernes comenzó a cambiar esa respuesta. Tenemos el Pacífico enfrente desde siempre, así que finalmente estamos construyendo la infraestructura para convertir una pequeña parte de esa inmensidad en el agua que Baja California necesita.