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TINTA DE LA CASA
LA LEY DEL CAOS: LA BAJA INTELIGENCIA EMOCIONAL EN EL CONGRESO MEXICANO
El problema del Congreso en México ya no pasa simplemente por la polarización de las fuerzas políticas. La situación ya obliga a mirar el agotamiento intelectual del debate, que está alcanzando su nivel más bajo.
Diputados y senadores de todos los bloques parecen estar atrapados en una competencia infantil donde gana quien grita más fuerte, quien interrumpe más veces quien o consigue el clip más viral para TikTok.
En esa lógica demencial, la deliberación democrática quedó arrumbada entre pancartas, acusaciones de "narcopolíticos", alusiones personales y discursos construidos a partir de tangentes. Esta última se ha convertido en la estrategia favorita no solo de la oposición, sino también del oficialismo.
En las últimas semanas, la Comisión Permanente ofreció escenas verdaderamente penosas. Legisladores lanzándose acusaciones de corrupción y crimen organizado sin que el debate aterrizara en pruebas, propuestas o análisis reales.
El oficialismo acusa conspiraciones conservadoras, mientas la oposición responde con teorías de encubrimiento y comparaciones incendiarias. Las dos partes han aprendido a dominar el arte de desviarse de los temas que de verdad preocupan a los mexicanos. Eso es lo lamentable.
Si se discute el tema central de la seguridad, terminan hablando del pasado presidencial. Si se debate economía, alguien acaba mencionando Venezuela, García Luna o el PRI de los noventa. Si, por ejemplo, se cuestiona una reforma, la respuesta suele ser un desvío emocional y no un argumento técnico. Los laberintos que han creado nuestros diputados y senadores los alejan de los objetivos reales para los que en verdad representan a todos los mexicanos.
Y lo más preocupante es que muchos legisladores parecen cómodos en esa situación. El espectáculo parece ser su estado natural, sus insultos circulan más rápido en la opinión pública que una reserva presupuestal bien construida.
Para el público de las redes sociales mexicanas, suele pasar que un apodo genera más interacción digital que un dato verificable que sea útil para hacer o discutir nuevas leyes.
México enfrenta violencia, presión económica e incertidumbre internacional. Pero buena parte del problema pasa debido a que el Congreso, con sus dos cámaras, actúa como si estuviera en un patio escolar.
Con miras a las elecciones de 2027, sería importante que la estatura política y la inteligencia en el debate fueran dos ingredientes básicos para cocinar nuestro sistema legislativo. El reto está puesto sobre la mesa.

LA CUMBRE DE BEIJING Y LAS DOS POTENCIAS QUE TRAZAN EL FUTURO DEL MUNDO
Donald Trump llegó a China por primera vez en su segundo mandado, y lo hizo acompañado no sólo de diplomáticos, sino del músculo económico de Estados Unidos.
Empresarios tecnológicos, financieros y manufactureros caminaron junto al presidente estadounidense en Beijing como una demostración de poder global.
Hablamos de Elon Musk, Tim Cook, Larry Fink y otros gigantes corporativos que no viajaron por cortesía, sino porque saben que la disputa permanente entre Washington y Beijing ya no se limita a ideologías o discursos, sino al control del comercio, la inteligencia artificial, los semiconductores y la economía de la segunda cuarta parte del siglo.
China entendió perfectamente el mensaje y respondió en consecuencia. Xi Jinping recibió a su homólogo, la otra cara de la geopolítica moderna, con dignidad, solemnidad y reconocimiento de Estado.
El recibimiento tuvo su propio lenguaje. Guardia de honor, alfombra roja, banquete oficial y una puesta en escena diseñada para recordar que China no se subordina. Beijing no recibió a un visitante cualquiera, sino al líder de la otra potencia capaz de definir el rumbo del planeta.
La imagen es poderosa porque refleja que el futuro del mundo se discute cada vez menos en organismos multilaterales y cada vez más en encuentros entre gigantes.
Los temas pueden ser muchos, como Taiwán, comercio, inteligencia artificial, energía, cadenas de suministro y seguridad global. Todo pasa por la relación que guarden Washington y Beijing.
Trump fue a mostrar fuerza económica y política. Xi respondió mostrando estabilidad, civilización política y capacidad estratégica. Dos estilos distintos, dos visiones de poder opuestas y el mensaje al resto del mundo de que las decisiones que salgan de esa relación pueden alterar mercados, gobiernos y hasta la vida cotidiana de millones de personas.
