A pesar de la seriedad que se busca que los políticos tengan, todavía hay quienes confunden la función pública con el espectáculo. El actor y diputado Sergio Mayer cruzó esa línea sin ningún pudor. El resultado es un capítulo que es más una lección que otra cosa. El escándalo no va.
El diputado de Morena pidió licencia a su curul para participar en La Casa de los Famosos, un reality televisivo donde el drama, los conflictos y la confrontación entre personas con cierta fama o "celebridades" son el principal atractivo.
La decisión fue cuestionada desde el primer segundo. No era simplemente un actor regresando a la televisión, era, aunque le costara aceptarlo, un legislador que pese a cobrar su salario por una responsabilidad abandoba ésta para entrar el entretenimiento.
La aventura terminó tan rápido como empezó. Mayer fue expulsado del programa tras apenas unas semanas de participación, luego de acumular polémicas dentro del reality y críticas de la audiencia.
El espectáculo que buscaba protagonizar terminó convirtiéndose, claramente, en un boomerang político.
MORENA tampoco lo dejó pasar. La Comisión Nacional de Honestidad y Justicia del partido decidió suspender temporalmente sus derechos partidistas, argumentando que su conducta dañaba la imagen del movimiento.
En cuestión de días, Mayer logró ser reprobado en tres frentes al mismo tiempo. Perdió en el reality, fue sancionado por su propio partido y recibió una oleada de críticas en redes sociales y en la opinión pública. Si alguna vez tuvo una buena imagen política, se acabó.
El episodio deja una lección bastante simple para los políticos mexicanos, y es que, cuando un representante popular decide actuar como celebridad televisiva, el riesgo es el ridículo y el costo es político. Un precedente para el futuro.