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Elmo Renista

Elmo Renista
El historial negro de Guillermo Aldrete salta a la vista
El paro de burócratas en Tijuana trajo las consecuencias de siempre, como servicios públicos detenidos, calles no atendidas, trámites congelados y una ciudad rehén de un dirigente sindical como Guillermo Aldrete, que ha demostrado que confunde la representación laboral con el chantaje para sus propios objetivos. Aldrete no es, a estas alturas, un representante prudente de los trabajadores, ni tampoco un actor de diálogo con los gobiernos. Con el paso del tiempo, el dirigente se ha convertido en un agente de conflicto constante. Vive del paro laboral, se alimenta de la presión y hace política usando al desorden y el caos como materia prima.



Bajo su liderazgo el sindicato ha perdido su capacidad de negociar y se centra en la amenaza simple. No construye acuerdos, sino que toma la decisión de paralizar las funciones del gobierno para los intereses individuales de Aldrete.

Cada vez que el líder levanta la mano no es para buscar soluciones, sino para medir hasta dónde puede estirar la liga y presionar al gobierno teniendo a los ciudadanos como víctimas de sus desmanes. Su libreto ya es viejo y repetido. Habla de falta de equipo, se exageran los supuestos agravios, se toma Palacio Municipal y se deja a la ciudad en pausa.

Al final, se anuncian acuerdos parciales como grandes victorias y se vuelve a lo mismo, a la espera del siguiente estallido que le sea útil a sus propias aspiraciones.



Lo más grave no es la exigencia laboral sino el olvido de algo que deben tener claro: los trabajadores municipales son también servidores públicos. Su sueldo íntegro lo pagan los tijuanenses, los mismos que padecen la basura acumulada, los semáforos sin mantenimiento y los servicios colapsados por los berrinches sindicales de Guillermo Aldrete, que no paga el costo de sus decisiones, lo paga la gente.
Elmo Renista
Evelyn Sánchez y su juego sucio en el caso Ang
En política siempre hay quien empuja al precipicio a los suyos para salir en la foto, y ese es el caso de Evelyn Sánchez, cuyo manual parece muy claro: tirar la piedra, esconder la mano y esperar a que el escándalo haga el trabajo sucio.



El error de Alejandra Ang fue grave, nadie lo discute. La ciudadanía, con toda razón, espera que, al menos, renuncie o pida licencia a la Comisión de Fiscalización mientras se aclara su situación. Eso es lo mínimo. Pero una cosa es exigir responsabilidad institucional y otra muy distinta es usar la crisis como trampolín personal hacia una comisión por la cual varios diputados se relamen los bigotes.

Evelyn no pidió de frente la renuncia ni tocó la puerta del coordinador parlamentario para plantear el tema con nombre y apellido. Optó por algo más cómodo y menos riesgoso para ella con todo y lo desleal que resulta: activar a los medios para deslizar “opiniones técnicas”, hablar de “licencias” y “procesos”, y dejar que el ruido haga el desgaste. Así Evelyn le pegó a Alejandra y le lanzó su lodo sin mancharse las manos.



Lo de ella no es ingenuidad, es cálculo. Otros actores políticos han sido más claros, al respaldar o directo pedir la salida de Ang de manera frontal. Evelyn no, Evelyn juega bajo la mesa y luego se presenta como institucional.

Hoy jueves 15 de enero hay sesión. Veremos qué resulta. Pero pase lo que pase, queda claro que la hipocresía política también es corrupción.