Gustavo Macalpin adquirió notoriedad por sus críticas al poder. El mexicalense posicionó como una voz ciudadana que, según el mismo, denunciaba excesos, cuestionaba decisiones y se asumía, lejos de la polémica.
Por eso, su acercamiento al PAN es un duro acto de hipocresía. Dicho de otra manera, es un giro que lo coloca frente al mismo espejo que antes utilizaba para intentar exhibir a otros.
El PAN no es para nada lo mejor de la política mexicana y sin duda Gustavo Macalpin perdió todo rastro de credibilidad.
El problema no es que un periodista aspire a competir. El problema es con quién decide hacerlo. El PAN en Baja California arrastra una historia documentada de corrupción, prácticas clientelares y desconexión con la gente que lo llevaron a hilar varios fracasos en las urnas.
No es un vehículo neutro ni una plataforma limpia, es, más bien una estructura que tiene un alto costo representar y sin embargo los frecuenta en fotos del propio dirigente nacional, Jorge Romero.
Al aceptar esa puerta, Macalpin no solo evalúa una candidatura, entregar el capital que le dio origen y lo pierde. La narrativa de "ciudadano independiente" ya no tiene sentido si es un soldado del PAN y sus intereses.
No es un crítico libre, sino parte de un partido que ya le falló a la gente. El panismo lo absorbió y no hay marcha atrás
El PAN no se está abriendo a la ciudadanía, está usando figuras incómodas para neutralizarlas. Y esa es la tragedia detrás de Gustavo Macalpin.
Macalpin aún está a tiempo de decidir qué quiere ser, si se queda como un comunicador o se suma a la maquinaria que asegura criticar. Mientras son peras o manzanas, esa incongruencia no le saldrá nada barata.