Desde hace décadas, entre el ir y venir del Centro, los tacos y la sombra de los árboles, los hojalateros del parque Teniente Guerrero salen cada mañana a buscarse la vida con un oficio que ya forma parte de las muchas historias cotidianas de Tijuana.
La mañana apenas termina de acomodarse sobre la calle Tercera, pero ya huele a café, a comida recién puesta sobre el comal y, dependiendo de por dónde se camina, también a las garnachas y tacos que invitan al desayuno.
Hay música escapándose de algún negocio cercano, palomas disputándose las migajas, personas que atraviesan el parque rumbo al trabajo y otras que simplemente ocupan una banca para mirar cómo transcurre la mañana.
Aparecen las partidas de ajedrez, una conversación que se alarga o el grito de alguien que reconoce a otro desde la distancia.
Y entre toda esa coreografía cotidiana aparecen también ellos.
Carroceros urbanos
Desde hace años, algunos carroceros y hojalateros utilizan los alrededores del Teniente Guerrero como punto para conseguir trabajo.
No es propiamente un taller al aire libre ni conviene confundirlo con uno.
Ahí se encuentran con clientes, revisan golpes, calculan reparaciones y acuerdan trabajos que después pueden realizarse en otros espacios.
Uno de esos personajes es Miguel Ángel Navarro Dávila, quien dice llevar alrededor de 25 años en el oficio.
—Soy carrocero de aquí del Parque Teniente Guerrero —se presenta.
Para Miguel, el parque no solamente tiene bancas, árboles y senderos; también funciona como punto de encuentro entre quien trae una defensa golpeada y quien sabe cómo devolverle, al menos hasta cierto punto, la forma que perdió.
—Hacemos de todo, carrocería, pintura, es de todo —explica.
Los trabajos mayores, cuenta, se trasladan a una cooperativa de carroceros cercana.
En el parque queda principalmente mirar el automóvil, escuchar qué quiere el propietario y calcular qué tanto puede hacerse y cuánto puede costar.
Los costos
Una abolladura en un automóvil tiene algo de biografía involuntaria. Cuenta del poste que apareció donde no debía, del estacionamiento demasiado estrecho, del alcance en el tráfico o de esa puerta que alguien abrió sin mirar.
—Aquí es como lo que el cliente quiera, ¿no? En el sentido de ya sea apretar una defensa, o pintar un guardafango, un cofre, o todo el carro. Todo depende de lo que el cliente venga a hacer.
También sostiene que sus precios suelen ser más accesibles que los de otros establecimientos.
“Hasta que me canso”
Miguel suele llegar alrededor de las ocho de la mañana. La hora de salida es bastante menos precisa.
—Yo por lo regular vengo desde ocho hasta que me canso, o más o menos cuatro, cinco.
“Hasta que me canso” quizá sea una de las formas más antiguas de medir una jornada laboral.
Y mientras pasan las horas, el Teniente Guerrero cambia de personajes.

Los que cruzaron temprano desaparecen rumbo a oficinas y comercios; llegan otros a comer, descansar o simplemente matar el tiempo.
Continúa el olor de los puestos, las conversaciones bajo los árboles y ese ruido de motores que recuerda que, aunque uno esté rodeado de verde, es imposible escapar al vaivén de una ciudad fronteriza.
Algunos domingos Miguel descansa, aunque asegura que otros compañeros sí acuden. La mayor parte de la semana, dice, es posible encontrarlos ahí.
No hay nada particularmente heroico en ello y probablemente ahí reside el valor de la escena.
Son trabajadores buscando clientes en una ciudad donde miles de personas hacen exactamente lo mismo desde distintos oficios, al ofrecer lo que saben hacer y esperar que alguien lo necesite.
“¿Cuánto me cobra por arreglarlo?”, pregunta un cliente mientras hablamos con él.
Miguel se queda pensando, en lo que nos despedimos de él.

Observa carrocerías desde hace unos 25 años. Seguramente ha visto cambiar modelos, pinturas, precios y generaciones enteras de automóviles.
Mientras las hojas se mueven sobre las bancas y la música de algún negocio se mezcla con el tráfico, alguien juega, alguien desayuna, alguien espera y alguien examina una defensa golpeada.
La ciudad, como un automóvil viejo, siempre trae alguna abolladura.

Y todos los días hay alguien intentando enderezarla.
Miguel es uno de esos que lo intenta.
