En el Parque Teniente Guerrero hay zapatos que llegan cansados, cubiertos por el polvo de las calles, marcados por el trabajo, la banqueta, la oficina o simplemente por los kilómetros acumulados.
Frente al cajón de Francisco Magallán encuentran durante unos minutos una especie de segunda oportunidad, entre el olor penetrante de la grasa, la tinta para recuperar el color y el movimiento del cepillo que primero golpea y después acaricia el cuero hasta arrancarle nuevamente el brillo.
Ese pequeño ritual se repite en uno de los espacios más tradicionales de Tijuana desde hace décadas y, detrás de él, está un hombre que este 28 de agosto tiene razones suficientes para celebrar el Día del Abuelo, aunque la fecha casi le haya pasado inadvertida.
—¿Sabía que hoy es Día del Abuelo?
—Si no me dicen, no sé. Puro trabajar. Mi trabajo a la casa y de la casa al trabajo.

Es la voz de Francisco, quien tiene nietos y bisnietos, pero mucho antes de convertirse en abuelo ya recorría las calles tijuanenses con un cajoncito para bolear zapatos.
Llegó de Michoacán cuando tenía 12 años y comenzó en el oficio en 1968, cuando Tijuana era una ciudad muy distinta a la que hoy se mueve alrededor del Parque Teniente Guerrero.
“Ahí me sentaba con un cajoncito y salía a bolear marines y todo, militares que venían de otro lado”, recuerda sobre aquellos primeros años, cuando por un servicio recibía apenas 10 centavos.
Desde entonces han transcurrido 58 años. La ciudad creció, cambiaron sus calles, llegaron nuevas generaciones y desaparecieron muchos de los lugares que formaban parte de aquella Tijuana fronteriza, pero Francisco siguió trabajando frente a los zapatos de quienes iban y venían.
Resultaría imposible calcular cuántos pares han pasado por sus manos durante casi seis décadas; seguramente han sido miles, pertenecientes a trabajadores, comerciantes, turistas, profesionistas o clientes que simplemente se sentaron frente a él buscando salir con el calzado mejor de como llegó.
Cuando se le pregunta a qué se dedica, tampoco responde simplemente que es bolero. Con una frase que parece haber sido construida durante toda una vida de oficio, se presenta como “hacedor de pies y calzado”.
Su historia adquiere un significado particular este 28 de agosto, fecha dedicada en México a reconocer a las personas adultas mayores y que popularmente se ha arraigado como el Día del Abuelo.
La celebración ocurre, además, en un país que envejece, donde estimaciones del Consejo Nacional de Población situaban para 2024 en más de 17 millones el número de personas de 60 años y más, alrededor del 13 por ciento de la población nacional.
Pero detrás de la celebración existe una realidad menos festiva: para millones de mexicanos llegar a los 60 o 65 años no significa necesariamente dejar de trabajar. Los datos del INEGI muestran que una parte de la población adulta mayor permanece económicamente activa, ya sea por decisión propia, para complementar otros ingresos o porque necesita continuar generando recursos para sostener sus gastos.
Por eso, el Día del Abuelo también encuentra a miles de hombres y mujeres detrás de un mostrador, conduciendo un vehículo, atendiendo un puesto, abriendo un pequeño negocio o empuñando las herramientas de un oficio que los ha acompañado durante buena parte de su vida.
Detrás de esa cifra hay millones de historias que difícilmente caben en la imagen tradicional del abuelo sentado en casa, rodeado de fotografías familiares. Una parte importante de esa generación continúa trabajando y formando parte de la vida cotidiana de sus comunidades, ya sea detrás de un mostrador, conduciendo un vehículo, atendiendo un negocio, trabajando en un taller o, como Francisco, devolviendo brillo a los zapatos en medio de un parque.
En ese México que envejece trabajando, la respuesta de Francisco adquiere otro peso. Mientras el calendario dice que este 28 de agosto es una jornada para celebrarlo como abuelo y bisabuelo, su rutina no se detiene. No hay en sus palabras reclamo ni intención de convertir su historia en tragedia; solamente una frase sencilla que resume décadas enteras: “Puro trabajar”.
Él no necesita estadísticas para explicar el paso del tiempo. Su medida son los años de trabajo y una ciudad que ha cambiado frente a sus ojos. Cuando se le pregunta por alguna anécdota especialmente marcada desde su llegada a Tijuana, asegura primero que no tiene una en particular, aunque después recuerda que su historia ha terminado frente a cámaras y periódicos en distintas ocasiones, incluso con coberturas que, según relata, llegaron hasta Los Ángeles y Las Vegas.
Quizá por eso su historia encuentra sentido precisamente en el Día del Abuelo, porque habla de una generación cuya memoria no solamente está guardada en álbumes familiares, sino también en los oficios que ayudaron a construir la vida cotidiana de las ciudades. En el caso de Francisco, esa memoria tiene olor a grasa para zapatos, manchas de tinta en las manos, cerdas de cepillo gastadas y el reflejo que lentamente aparece sobre el cuero después de trabajar sobre él.
Este 28 de agosto habrá familias que celebren con abrazos, fotografías, llamadas telefónicas y comidas alrededor de los abuelos.
Para don Francisco, en cambio, la jornada transcurre como tantas otras desde aquel lejano 1968: entre el parque, su cajón y los clientes que colocan frente a él los zapatos para que haga nuevamente lo suyo.

Y tal vez ahí se encuentre una de las contradicciones silenciosas de esta fecha: mientras un país dedica un día a reconocer a sus abuelos, muchos de ellos lo pasan trabajando. Algunos porque así lo desean; otros porque dejar de hacerlo todavía no es una posibilidad.
La escena podría parecer pequeña frente a una ciudad de millones de habitantes, pero encierra casi seis décadas de historia fronteriza.
Mientras Tijuana creció, se transformó y vio pasar generaciones enteras por sus calles, Francisco permaneció junto a su oficio, agachándose frente a los pasos de los demás para devolverles el brillo.
Hoy tiene nietos y bisnietos y, aunque necesitó que alguien le recordara que era Día del Abuelo, continúa haciendo aquello que comenzó cuando todavía era prácticamente un muchacho… sacarle brillo, par por par, a los zapatos de una ciudad que también envejeció junto con él.
