Seamos claros. La marcha a la que convoca la Patrulla Espiritual para este miércoles 27 de mayo en Tijuana no es algo superficial, sino un fenómeno que revela la situación social de Baja California.
Para decirlo con todas sus letras, históricamente las instituciones han fallado en el tema de las adicciones. No es hasta los últimos meses, con el convenio entre la Patrulla Espiritual y autoridades que la indigencia y el abandono de los “tazos dorados” tiene un lugar real en la conversación.
En este contexto, movimientos como el de la Patrulla Espiritual, liderada por Ignacio Osuna Torres, o “El Chikilín”, tienen legitimidad social. La tienen porque ocupan espacios donde el Estado suele llegar tarde. Ése es el mensaje que debe tomarse en cuenta.
Por eso, Osuna ha pedido que no haya políticos que se quieran “colgar del tren”. No un espacio para políticos, sino de la gente que ha vivido en carne propia el problema y todas sus consecuencias.
Además, hay que tomaren cuenta la polémica. Es cierto que hay que hablar de derechos humanos o internamientos involuntarios, pero eso no debe reducir el fenómeno, ya que hay razones muy legítimas por las cuales tantos tijuanenses respaldan a la organización.
A lo largo de los años, sabemos que Tijuana, y en general todo el estado de Baja California, viven una realidad fronteriza extrema. En esta tierra, las adicciones son hijos perdidos, madres cansadas y colonias que enfrentan un deterioro social cada vez mayor. La marcha expresa ese sentimiento colectivo.
También expresa algo más profundo: una demanda genuina de la sociedad. El lenguaje con que Osuna y el resto de la Patrulla Espiritual refleja ese sentir. Hablar de familia, amor, esperanza y unidad son una pieza muy clara de comunicación para movilizar a personas y emociones reales.
Es decir, amigos, que la Patrulla Espiritual no solamente está organizando una marcha, sino que está obligando al estado de Baja California a mirarse un espejo y solidarizarse con el prójimo que sufre. Ése es el verdadero reto.
