Este sábado 11 de julio, se cumplirán 137 años de la fundación de Tijuana. En aquel 1889, esta esquina del país se alzaba apenas como un pequeño poblado que daba sentido a la línea fronteriza, un paso entre naciones que terminaría su identidad.
Esta ciudad no creció despacio, sino con prisa. A principios del siglo XX llegaron trabajadores, familias y aventureros que miraron en la región un espacio digno para vivir. Después aparecieron los casinos, los hipódromos y los visitantes de Estados Unidos que cruzaban al sur en búsqueda de libertad y diversión.
Fue así que, entre los visitantes que llegaban a la ciudad divisando los márgenes del río Tijuana, se fue escribiendo una leyenda compuesta de relatos que, circulando en Europa y Estados Unidos, le dieron una fama ya muy conocida.
Para 1911, no hay que olvidarlo, Tijuana se defendió de invasores en un episodio que dejó una lección de resistencia que forma parte de la memoria y que, ante la ignorancia de muchos, se materializa en un monumento conmemorativo en el bulevar Agua Caliente.
La misma frontera que trajo visitantes en búsqueda de libertad, trajo industria, empleo y, junto con él, a miles de personas de todos los rincones de México. En las calles podemos encontrar a personas de Jalisco, Sinaloa, Michoacán, Oaxaca, Chiapas, Sonora y muchos otros estados. Ellas y ellos trajeron nuevos universos reflejados en sus costumbres, sus sabores, su música, sus maneras de hablar y sus formas de entender a México, a Estados Unidos y a la frontera misma.
Solo un tijuanense sabe que la ciudad avanzó muchas veces a empujones, abriéndose camino a veces entre tierra arenosa y a veces entre piedras. Todo convive hoy en contrastes que el periodismo y la voz de su gente develan y analizan día con día.
En la Tijuana que está por cumplir 137 años se cruzan mercancías, se hablan diversos idiomas, se comparten ideas y se vive de múltiples maneras. Las fronteras son para la tierra, sí, pero no para las aspiraciones de su gente.
Hay que subrayar que esos intercambios no diluyen la mexicanidad, sino que, al contrario, la fortalecen. Tijuana es mexicana porque así lo quiso y porque ha resistido los embates de la cultura estadounidense. Aquí se sabe recibir culturas, pero también se sabe mezclarlas y, con ello, transformarlas.
Ser tijuanense no es nada más la referencia a un lugar de nacimiento. Conlleva haber trabajado, resistido, creado y decidido formar parte de un espacio que no rechaza, sino que abriga.
En sus primeros 137 años, Tijuana amanecerá siendo frontera, puente, y una ciudad que mira al norte con la soberanía en alto, a México con el corazón y al mundo con la esperanza de nuevas oportunidades.
