Apenas el sol del lunes acariciaba el Nueva York sibarita de don Woody Allen y de las icónicas Carrie Bradshaw y Samantha Jones, cuando el fiscal Joseph Nocella soltó desde una corte federal un mensaje que cruzó la frontera de inmediato: el destino de Ismael “El Mayo” Zambada es morir en prisión.
Durante años, alrededor del viejo capo sinaloense se construyó una imagen mística, casi de don Corleone, de esas que Mario Puzo habría entendido muy bien: discreto, paciente y capaz de sobrevivir mientras otros caían entre traiciones, balaceras y excesos. Sólo que esta historia no terminó en una finca siciliana ni mazatleca, sino en una corte estadounidense.
Nocella fue directo al sostener que, con la cantidad de sangre que —afirmó— mancha las manos de Zambada, la cadena perpetua representa un castigo justo. Por si eso no fuera suficiente, la sentencia también incluye el decomiso de 15 mil millones de dólares.
Sin embargo, el verdadero mensaje va mucho más allá del “Mayo”. Washington está hablándoles a los grupos criminales mexicanos que durante años aprendieron a sobrevivir entre cambios de gobierno, guerras internas y pactos nunca del todo explicados.
Estados Unidos tomó a uno de los capos más poderosos y longevos de México y convirtió su condena en una exhibición pública para quienes todavía se sienten protegidos por sus fortunas, sus ejércitos o sus relaciones políticas.
A lo largo de décadas, el “Mayo” fue visto como el hombre que nunca caía, pero la sentencia rompió ese mito y elevó el costo simbólico para quienes todavía creen que el dinero, el poder territorial y los contactos bastan para comprar una salida.
Estados Unidos condenó a un capo histórico, pero, sobre todo, convirtió su caída en una advertencia para quienes ocupan o aspiran a heredar esos espacios dentro del crimen organizado.
La cadena perpetua contra Zambada dejó claro que el próximo mensaje puede llevar cualquier otro nombre, pues los capos podrán controlar ciudades enteras en México, repartir miedo y sentirse dueños del territorio, pero, una vez en manos de Estados Unidos, todo ese poder quedará reducido a un número de preso, una puerta de acero y una celda de la que no volverán a salir.