La salida de Enrique Inzunza de la bancada de MORENA en el Senado confirma que dentro del partido comenzó a endurecerse la lógica de que, cuando un integrante se convierte en un problema político para todo el movimiento, la dirigencia ya no parece dispuesta a cargar con ese costo de manera indefinida.
Y la postura que han asumido tiene peso, porque MORENA se encuentra en una etapa en la que no puede darse el lujo de permitir que los conflictos individuales contaminen su proyecto político, especialmente cuando se acercan nuevas definiciones electorales y cada señal de desorden interno puede ser aprovechada por sus adversarios.
La frase de Ariadna Montiel, “Nadie está por encima del movimiento y de nuestra causa”, simplemente sintetiza un cambio importante en el tono.
Es indudable que el partido guinda necesita disciplina, control político y una línea mucho más clara respecto a quienes, por sus decisiones o por los señalamientos que enfrentan, termina colocándolo en una posición incómoda.
Al no tener salida ante dicho panorama, es que Inzunza optó por separarse de la bancada y continuar como independiente después de resistirse a solicitar licencia.
Sí, esa decisión no elimina el costo político del episodio y tampoco borra el hecho de que dentro de MORENA existía una exigencia concreta para que se apartara mientras enfrentaba los cuestionamientos que pesan sobre él.
El partido gobierna buena parte del país, controla espacios importantes del Congreso y tiene por delante una ruta electoral que exige orden interno.
Así que tolerar resistencias, desacatos o disputas que terminen debilitando al movimiento puede convertirse en un error mucho más costoso que cortar por lo sano.
Y resulta relevante que el asunto pueda llegar a la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia, porque eso convierte una diferencia política en una posible revisión partidista de mayor fondo.
Entonces, esto ya no se trata solamente de abandonar una bancada, sino de determinar hasta dónde puede llegar alguien que decide colocarse fuera de la línea marcada por su propio partido.
La mano dura se siente y, si MORENA quiere llegar fuerte a 2027, probablemente tendrá que sentirse todavía más.
Por lo pronto, la disciplina interna ha dejado de ser una cuestión secundaria, y ahora forma parte de su supervivencia política.
Así lo marcan estos nuevos tiempos en el territorio de la Cuarta Transformación… no hay de otra.