En los procesos internos de Morena suele hablarse mucho de encuestas, estructuras y respaldos, aunque hay una variable menos espectacular que puede terminar pesando bastante en Baja California. Se trata de quién consigue atravesar la competencia sin convertirla en una guerra que después resulte imposible cerrar.
En ese terreno, Ismael Burgueño parece haber entendido algo elemental. La Coordinación Estatal en Defensa de la Transformación no solamente se disputa acumulando simpatías, sino demostrando capacidad para mantener cohesionado a un movimiento donde inevitablemente existen grupos, intereses y proyectos distintos.
Su llamado a cerrar filas podría parecer parte del manual básico de cualquier aspirante, salvo por el momento en que ocurre. Conforme aumenta la intensidad de la contienda interna, hablar de unidad deja de ser únicamente una expresión políticamente correcta y adquiere un sentido estratégico, pues Morena sigue siendo ampliamente competitivo en Baja California, pero una confrontación excesiva puede desgastar hacia dentro lo que electoralmente ha construido hacia fuera.
Burgueño tiene además una circunstancia particular, ya que su paso por la alcaldía de Tijuana le permite presentarse no sólo desde la militancia, sino también desde el ejercicio reciente de gobierno y desde el peso político de la ciudad más poblada del estado. Eso representa una ventaja, aunque también eleva el nivel con el que deberá ser evaluado.
Por eso resulta significativo que durante sus recorridos coloque por delante al proyecto y a la base social antes que la confrontación con otros participantes. No garantiza nada ni sustituye los mecanismos con los que Morena tomará su decisión, pero sí establece una diferencia de tono.
En política interna también se compite demostrando quién puede avanzar sin incendiar el vestidor y Burgueño, hasta ahora, parece apostar justamente por eso, seguir adelante sin dinamitar los puentes que, terminado el proceso, todos volverán a necesitar.