Pero perderla en serio, hasta llegar a un punto que rebasa la simple incapacidad de comprender el alcance de sus propios actos.
Y esto, invariablemente sucede cuando el cargo comienza a parecer permanente y el respaldo de un partido termina interpretándose como una especie de seguro contra cualquier tormenta.
Entonces se toman decisiones y se construyen cercanías bajo la peligrosa impresión de que mañana habrá alguien dispuesto a meter las manos al fuego.
Precisamente, el caso de Miguel Sánchez Altamirano, “Quetu”, alcalde de Juchitán de Zaragoza, debería servir para revisar esa costumbre.
Y se le debe de poner énfasis a su caso, porque no llegó de rebote a la política.
El “Quetu” es licenciado en Derecho por la UABJO, hijo de un exdirigente de la COCEI, comenzando su trayectoria como secretario particular en el Ayuntamiento; es decir, conocía desde dentro los pasillos del poder municipal antes de ganar la alcaldía en 2024 bajo las siglas de la coalición Morena-PVEM-Fuerza por México.
Sabía perfectamente dónde estaba parado y conocía las responsabilidades que acompañan a una presidencia municipal.
Pero sí, todo cambia, y hoy está detenido, siendo el propio Omar García Harfuch quien informó que Sánchez y Carlos Alberto “N”, alias “La Parca”, cuentan con órdenes de aprehensión por extorsión agravada y delitos contra la seguridad del Estado.
Las investigaciones, según el secretario de Seguridad, los relacionan con una estructura presuntamente dedicada al cobro de piso, narcomenudeo, tráfico de personas y homicidio, además de esquemas de protección que habrían facilitado las operaciones de grupos delictivos.
Ya la Unidad de Inteligencia Financiera también inmovilizó recursos y bloqueó cuentas vinculadas con la investigación.
Harfuch había señalado previamente que entre los servidores públicos detenidos durante esta estrategia había personajes provenientes de Morena, PAN y PRI, y sostuvo que la filiación partidista no influía cuando existían investigaciones y carpetas abiertas.
Por eso resulta tan difícil entender a quienes todavía ejercen el poder como si nadie estuviera observandolos.
Como aprendizaje, a los políticos les debe quedar claro que sus acciones exigen calcular y saber quién se convierte en operador, qué intereses rodean una administración y hasta dónde puede comprometerse un gobierno antes de que la factura termine llegando.
Y esto debe entenderse en el concepto de que un mal político no necesariamente es aquel que pierde una elección, sino también lo es quien alcanza el poder y después se comporta como si haber ganado lo hubiera vuelto intocable.