Dice un viejo refrán que “lo cortés no quita lo valiente”, y pocas expresiones resultan tan oportunas para describir la manera en que Claudia Sheinbaum ha conducido uno de los episodios recientes de la relación diplomática entre México y Estados Unidos.
Apenas unos días después de la controversia generada en Querétaro, donde el embajador estadounidense Ronald Johnson participó junto al gobernador Mauricio Kuri en el inicio de un proyecto de capacitación policial que provocó cuestionamientos desde Palacio Nacional, ambos volvieron a encontrarse, esta vez acompañados de importantes representantes empresariales de los dos países.
La presidenta había señalado que cualquier colaboración internacional en materia de seguridad debía realizarse mediante los canales institucionales correspondientes, dejando claro que las buenas relaciones diplomáticas no representan una autorización para pasar por encima de las autoridades federales.
El señalamiento fue suficientemente claro, sin necesidad de prolongar la controversia ni convertir una diferencia administrativa y política en un pleito entre gobiernos.
Y ayer jueves, Sheinbaum recibió a Johnson y a integrantes de la Cámara de Comercio de Estados Unidos para conversar sobre inversiones, confianza empresarial y la importancia de fortalecer los vínculos económicos que sostienen buena parte de la relación bilateral.
Existe cierta habilidad política en saber poner las cosas en su lugar sin cerrar las puertas al día siguiente, método en los que Sheinbaum ha proyectado una gran capacidad para defender sus posiciones frente a Washington, sin caer en la tentación de hacer de cada desacuerdo una batalla pública.
Con todo ello, se ha demostrado que, en efecto, México necesita mantener una relación comercial sólida con Estados Unidos, pero esa necesidad no significa aceptar cualquier decisión ni guardar silencio cuando existen asuntos que corresponden exclusivamente a las instituciones mexicanas.
Y lo mejor para la viabilidad del país, es que la presidenta sabe que el respeto entre gobiernos se construye señalando diferencias y, sobre todo, teniendo la madurez para continuar trabajando después de ellas.
La soberanía no se negocia, pero tampoco necesita convertirse en espectáculo. Y Sheinbaum parece tener claro que para hacerse respetar no hace falta dar un golpe en la mesa, sino saber quién tiene la última palabra.