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TINTA DE LA CASA
Bonilla y Dante, ¿fundadores de la “Naranja Petista”?
Quien ya debería poner sus oficinas a la renta en Airbnb es Jaime Bonilla, que recibió por segunda ocasión a Dante “Alighieri” Delgado para hablar de todas esas cosas que se cocinan en lo oscurito cuando nadie quiere pronunciar todavía la palabra “alianza”.
Sí, el equivalente político de dos personas en edad de merecer que ya se traen ganas, se mandan indirectas, se rozan la rodilla debajo de la mesa, pero todavía no se atreven a decirse “te amo”, porque saben que no lo sienten, pero ya las ansias las traen.
Y la reunión habría pasado como otro capítulo de “Dante en el PSN de las maravillas”, de no ser porque en la mesa aparecieron Montserrat Caballero, ahora con camiseta petista, y Karla Ruiz Macfarland, coordinadora municipal de Movimiento Ciudadano en Tijuana.
Así es, las dos exalcaldesas que se adjudican haber sido la primera presidenta municipal en la historia de esta ciudad, reunidas bajo la mirada del exgobernador, mientras el dirigente naranja observaba el experimento como científico que acaba de mezclar dos sustancias y todavía no sabe si descubrió una nueva fórmula política o tendrá que desalojar el laboratorio.
Porque si algo saben los agentes del MOSSAD (Monitoreo de Operadores, Señales, Secretos, Alianzas y Divorcios políticos) de la grilla bajacaliforniana, es que la aleación de la fórmula Karla-Montserrat tiene menos posibilidades de mantenerse unida que un matrimonio del temible Gabriel Soto.
Ideológicamente son como el agua y el aceite. Karla representa a un Movimiento Ciudadano que insiste en presentarse como moderno, fresco y fifí-fosfofosfo, aunque en Baja California todavía necesite GPS para que los electores sepan dónde encontrarlo.
Montserrat, en cambio, aterrizó en el PT después de romper con Morena, en un drama que ni los de Corín Tellado, cargando el discurso de la transformación, varias cuentas pendientes y una biografía política inevitablemente marcada por su guerra con el marinismo, entre reyertas públicas, prolongadas y bastante profundas.
Karla, por su parte, tampoco parece tener demasiadas razones ideológicas para convertirse en compañera de ruta de un proyecto encabezado por una exmorenista, cobijado por el PT y bendecido desde las oficinas de Bonilla.
Sentar al PT y a Movimiento Ciudadano en la misma mesa fue la parte fácil. Lo verdaderamente entretenido comenzará cuando llegue la hora de repartir candidaturas, porque ese día el agua y el aceite dejarán de posar para la fotografía y uno de los dos terminará aventándole el plato de mole al otro.
Entonces sabremos si aquello era realmente una alianza estratégica o el equivalente político de dos novios que ya apartaron el salón, mandaron hacer las invitaciones y, cinco minutos antes de entrar a la iglesia, descubrieron que ninguno quería casarse con el otro porque en el Tinder político acababa de aparecer un perfil con más votos, más estructura y mejor dote electoral.
Y pues así ¡ni cómo negarse!

“Perdóname, compadre, andaba acusándolo de narco”
Para quienes a mediados de los años noventa seguían las intrigas del PAN con el mismo entusiasmo con el que las revistas Oooorale y TvNotas nos ponían al tanto de que Thalía conocía a Tommy Mottola, Ernesto Ruffo Appel y Felipe Calderón Hinojosa eran las grandes estrellas del sacrosanto, perpetuo y entonces todavía casto Acción Nacional.
Ruffo era la leyenda norteña, el hombre que en 1989 le había arrancado Baja California al PRI y demostrado que el partido fundado por Manuel Gómez Morin podía servir para algo más que organizar asambleas solemnes.
Calderón, en cambio, era el Alejandro Magno purépecha, que recorría el PAN con aires de conquistador balcánico, convencido de que cada comité estatal era una nueva Macedonia.
Eran la antítesis azul, rivales como Messi y Cristiano. Ruffo representaba al panismo norteño, bronco y práctico, al de las botitas, la carretera y la cerveza después del mitin; Calderón encarnaba al nerdo de saco, estatutos, reglamentos y conspiraciones en el Comité Ejecutivo Nacional.
Pero el milagro ocurrió más de 20 años después, tras la detención del exgobernador por su presunta participación en una red de “huachicol fiscal”.
Ruffo está acusado, no sentenciado, y tiene derecho a defenderse ante los tribunales, pero Calderón, su otrora enemigo, no esperó a que los jueces terminaran de acomodar sus papeles antes de aparecer en redes con la espada tuitera de la democracia.
“Gobierno autoritario y déspota. Se han quitado la máscara, para eso querían jueces a modo, para usar la justicia para reprimir políticamente. Morena recurre a la cárcel”, escribió el expresidente.
Y lo sabemos, más de un panista quisiera dejarse envolver por semejante acto de solidaridad, encender una veladora y poner de fondo Amigo, de Roberto Carlos, de no ser porque el mismo Felipe Calderón acusó años atrás a Ruffo de haber entregado Baja California al Cártel de los Arellano Félix.
Y aquello no fue una simple diferencia de opinión, no señor. Calderón no le reclamó haber votado distinto en una asamblea, haberle ganado una candidatura o llegar tarde a la posada del partido para echarse unos jaiboles, sino que lo vinculó públicamente con la organización criminal que durante años sembró cadáveres, terror y corridos en Baja California.
Ahora, con Ruffo detenido, el enfant terrible del Quinceo parece haber decidido que aquello fue apenas una travesura política, una discusión subida de tono entre compañeros o uno de esos malentendidos que ocurren cuando alguien acusa a otro de entregar un Estado a los bad hombres.
Por eso, la presidenta Claudia Sheinbaum, que en esta ocasión no tuvo que escarbar demasiado en la hemeroteca para encontrar la contradicción, respondió: “Esto no es una diferencia, esto es una denuncia”.
Así funciona la memoria de los panistas de linaje Vulturi. Ayer Ruffo era, según Calderón, el hombre que había dejado Baja California en manos del crimen; hoy es prácticamente el Nelson Mandela de Ensenada, preso de conciencia, mártir de la democracia y último defensor de las libertades occidentales antes de llegar al Altiplano Resort.
A este ritmo, que no nos sorprenda que Calderón termine contando que él y Ruffo siempre fueron uña y mugre, y que aquellas acusaciones fueron producto de un error de dedo, una cuenta hackeada o el efecto de unos güisquitos Blue Label… que como diría el querido Alfio Basile, “es un elisssssir”.
Por todo ello no sería raro escuchar a alguien declamar “¡Salú, compadre!… y perdóname, porque andaba acusándote de narco”.
