Martes 11 de agosto de 2026
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TINTA DE LA CASA

El narco también se combate en el mar

Un aseguramiento de más de dos toneladas de presunta cocaína en el Pacífico permite observar una parte del combate al narcotráfico que suele recibir menos atención que los operativos en tierra. 

Mover una carga de ese tamaño exige rutas previamente estudiadas y una logística capaz de cruzar enormes extensiones marítimas, confiando precisamente en que el océano ofrece distancia, aislamiento y múltiples posibilidades para ocultarse.

Bajo esos parámetros, el trabajo de la Secretaría de Marina adquiere una relevancia particular.  

Y es que vigilar el Pacífico mexicano no consiste simplemente en colocar embarcaciones esperando encontrar delincuentes, sino en combinar inteligencia, seguimiento, vigilancia aérea y marítima, coordinación y capacidad de reacción en un territorio donde cualquier objetivo puede cambiar de rumbo en cuestión de minutos.

Así que un decomiso de estas dimensiones habla bien de esa capacidad operativa y merece reconocerse sin necesidad de exagerar sus alcances. 
Sería un error presentar dos toneladas como el desmantelamiento de una ruta completa o como una derrota definitiva para alguna organización criminal, pero también sería injusto reducirlas a una cifra más dentro de las estadísticas oficiales.

Cada cargamento que no llega a tierra interrumpe una cadena mucho más amplia. Alguien debía recibirlo, trasladarlo, esconderlo, distribuirlo y convertir finalmente esa mercancía en dinero. Seguir esas conexiones puede resultar incluso más importante que la droga asegurada.

Ahí comienza ahora la responsabilidad de la Fiscalía General de la República, que deberá determinar la situación jurídica de extranjeros detenidos y, sobre todo, intentar reconstruir el entramado detrás de la embarcación.

La Marina consiguió sacar del mar más de dos toneladas de presunta cocaína antes de que alcanzaran su siguiente destino, por lo que el verdadero tamaño del golpe dependerá ahora de cuánto puedan revelar las investigaciones sobre quienes financiaron el viaje, organizaron la ruta y esperaban la carga del otro lado.

Sheinbaum responde como México sabe hacerlo

México no necesita que le expliquen lo que significa un terremoto porque lo ha vivido demasiadas veces y sabe muy bien lo que ocurre cuando una ciudad se sacude, se interrumpen las comunicaciones y la incertidumbre comienza a recorrer familias enteras.

Por eso, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum expresó que México se pone a disposición para apoyar a Colombia, sus palabras tuvieron un peso distinto al de una fórmula diplomática de rutina. 

Sin más, la mandataria eligió una posición prudente, sin anuncios espectaculares ni promesas adelantadas, pero dejando claro que el gobierno mexicano permanecerá atento y dispuesto a responder.

Es una manera de ejercer la solidaridad que también dice algo de su estilo, porque Sheinbaum suele privilegiar el dato, y, frente a una emergencia de esta naturaleza, evitó especular sobre daños que todavía estaban siendo evaluados. 

Primero conocer la dimensión de lo ocurrido y después actuar en función de lo que Colombia requiera. Su cautela no le resta humanidad al mensaje, al contrario, coloca la ayuda mexicana sin protagonismos.

Y es que México tiene, además, una memoria difícil de separar de los terremotos. En 1985 fueron los propios ciudadanos quienes salieron a remover escombros con lo que tenían a la mano, mientras que en 2017 volvieron las brigadas, los voluntarios, los médicos, los rescatistas y la gente común ayudando como podía. 

Con los años, esa reacción terminó incorporándose a nuestra manera de enfrentar las tragedias.

Sheinbaum representa ahora institucionalmente a ese México que también ha recibido solidaridad del exterior y que ha sabido devolverla enviando especialistas y rescatistas cuando otros países los necesitan.

Su mensaje hacia Colombia puede parecer sencillo, pero está respaldado por absoluta solidaridad, algo que los mexicanos conocemos demasiado bien.