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TINTA DE LA CASA
Baja California en el mapa prioritario de Claudia Sheinbaum
Baja California tuvo un espacio particularmente significativo en el Segundo Informe de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Y hay que destacar que no lo fue por una referencia protocolaria a la entidad, sino porque apareció alrededor del agua, uno de los problemas que puede determinar buena parte de su futuro económico, urbano y social.
Para una región que depende considerablemente del Río Colorado, colocar sobre la mesa una desaladora para Tijuana y Playas de Rosarito representa algo más que anunciar infraestructura.
Significa reconocer desde la Presidencia que el modelo de abastecimiento de la zona costa necesita diversificarse y que seguir confiando prácticamente el futuro hídrico regional a una fuente sometida a enormes presiones dejó de ser una estrategia suficiente.
La dimensión del proyecto tampoco es menor, ya que la desaladora permitiría incrementar hasta en 45 por ciento la disponibilidad de agua para Tijuana y Playas de Rosarito, modificando considerablemente la estructura de abastecimiento de la zona costa.
Sheinbaum también destacó un cambio que puede resultar menos espectacular ante la opinión pública, pero políticamente tiene fondo. Y es que Mexicali y Tijuana cuentan con concesiones directas de la Comisión Nacional del Agua, cuando anteriormente, según explicó la propia Presidenta, tenían que pagar esos derechos a particulares.
El tercer elemento tocó el saneamiento del Río Tijuana, que apareció expresamente entre las acciones federales y que ya se trabaja directamente en la región por medio de la CESPT, algo especialmente relevante para una ciudad que durante décadas ha cargado con infraestructura insuficiente y un problema ambiental que termina cruzando hacia Estados Unidos.
La estrategia contempla reconstrucción de colectores, acciones para evitar descargas contaminantes y fortalecimiento de los sistemas de tratamiento, piezas indispensables para enfrentar un problema que ha adquirido incluso dimensiones binacionales.
Así que para Baja California, aparecer en el Informe fue importante, al confirmar que el agua dejó de ser un tema periférico para convertirse en una prioridad nacional con acciones concretas en marcha.
Por si no fuera suficiente, la presencia de Baja California fue más amplia. En Mexicali aparecen la Central de Ciclo Combinado González Ortega y Techos Solares para el Bienestar; en infraestructura, el Viaducto Elevado de Tijuana, obras carreteras y la modernización del Puerto de Ensenada; mientras que en salud y educación figuran el Hospital General Tijuana Este, proyectos hospitalarios en otros municipios, un nuevo plantel de la Universidad Nacional Rosario Castellanos en Mexicali y la ampliación de nueve preparatorias.
A ello se suma una política social que plantea para 2026 alcanzar a 421 mil beneficiarios con una inversión de 9 mil millones de pesos, además de 80 mil 800 acciones en materia de vivienda.
Visto en conjunto, desalación, saneamiento, energía, infraestructura y política social muestran una agenda federal de mayor alcance para Baja California.
Sin embargo, es en el agua donde probablemente se encuentra la decisión de mayor profundidad, porque de ella depende una parte considerable de la viabilidad futura de la región.
Sheinbaum ha cumplido su palabra con Baja California, colocando al agua en el centro de las decisiones que definirán el futuro del Estado. Y eso es de aplaudirse.
Sheinbaum… resultados, soberanía y autoridad sobre la mesa
El Segundo Informe de Claudia Sheinbaum dejó una lectura política mucho más interesante que la simple acumulación de cifras, programas y obras públicas, porque detrás de cada dato apareció una presidenta con control del gobierno, capacidad para marcar prioridades y suficiente autoridad para fijar el tono de su administración tanto hacia dentro como hacia fuera.
El Informe funcionó como una exposición del tipo de poder que Sheinbaum ha decidido ejercer, al ser más institucional y tener el respaldo con resultados.
Al apostar por lo cuantitativo, los números que presentó ayudan a sostener esa imagen y que le dan un peso al trabajo en estos dos años de su gobierno.
La reducción de 51 por ciento en homicidios dolosos, la caída de 54 por ciento en delitos de alto impacto respecto de 2018, los ingresos federales por 6.046 billones de pesos, la inversión extranjera directa por 35 mil millones de dólares, el crecimiento trimestral del PIB de 1.4 por ciento y un peso cercano a las 17 unidades por dólar fueron utilizados para mostrar estabilidad, capacidad de gestión y resultados concretos.
Naturalmente, un informe presidencial expone la mejor versión del propio gobierno y sus cifras necesitan contraste permanente con las fuentes estadísticas correspondientes, pero políticamente hay un elemento que no puede ignorarse, porque Sheinbaum ya dispone de indicadores propios con los cuales defender su administración sin depender únicamente del capital político heredado.
Ese proceso también se observó en la forma en que habló de Estados Unidos. La frase sobre una soberanía que “no se negocia, no se entrega y no se comparte” fue una manera de fijar los límites de la relación bilateral en un momento en el que México necesita cooperación comercial, coordinación en seguridad y diálogo permanente con Washington.
Y lo más importante, es que Sheinbaum evitó convertir esa relación en espectáculo y, al mismo tiempo, dejó claro que cooperación no significa subordinación ni renuncia a principios nacionales.
También resulta relevante su insistencia en que dentro del movimiento no existen divisiones ni rompimientos. La declaración, por supuesto, no significa que hayan desaparecido las diferencias, los grupos, las ambiciones o las disputas internas, algo prácticamente imposible en cualquier fuerza política que controla buena parte del poder nacional, pero sí revela quién pretende administrar esas tensiones y desde dónde se establecerá la línea pública del oficialismo.
Ahí está probablemente el mensaje central de su Segundo Informe, al dejar claro que la conducción política del país pasa por su Presidencia, con una forma de ejercer el poder que combina disciplina interna, control de agenda y una apuesta por resultados medibles.
Por ello, el reto ya no consiste en definir de dónde viene su proyecto, sino en sostenerlo bajo sus propias decisiones, corregir lo que no funcione y mantener cohesión sin convertir cada diferencia en una crisis pública.
No hay duda de que este Informe dará para varios días de análisis y sobremesas políticas, porque no mostró solamente a una Presidenta rindiendo cuentas, sino a una mandataria que ejerce con claridad el peso político de la Presidencia, marca prioridades, fija el rumbo y deja ver una conducción firme del gobierno.