Es un golpe político a la expansión de la ultraderecha latinoamericana y, particularmente, a quienes comenzaban a imaginar un continente conservador donde México quedaría prácticamente aislado bajo el liderazgo de Claudia Sheinbaum.
Con el 51.77% de los votos frente al 48.23% de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, Lula consiguió una remontada histórica después de perder la primera vuelta.
El resultado interrumpió una sucesión de victorias conservadoras en la región y devolvió al progresismo una conquista estratégica: mantener bajo su conducción a la mayor economía latinoamericana.
Para México, el resultado tiene una dimensión geopolítica extraordinaria. Sheinbaum conserva en Brasil a un aliado con capacidad de interlocución internacional, peso económico y una visión compartida sobre soberanía, desarrollo social y cooperación regional.
La presidenta mexicana comprendió inmediatamente su trascendencia y publicó esta noche: “Viva la democracia, ganó el pueblo de Brasil. ¡Felicidades presidente Lula!”.
Por su parte, la derrota del bolsonarismo también modifica el escenario para dirigentes como Javier Milei, en Argentina, y los sectores conservadores que han ganado terreno en Sudamérica. Y desde Washington, Donald Trump encuentra ahora dos grandes gobiernos latinoamericanos capaces de articular posiciones distintas a su agenda política.
La victoria, sin embargo, tampoco representa un cheque en blanco para la izquierda. Casi la mitad de los electores respaldó a Bolsonaro, una advertencia sobre la profundidad de la polarización brasileña.
Antonio Gramsci escribió: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”.
Y Brasil acaba de demostrar que la derecha radical puede ser derrotada electoralmente, aunque conserva una enorme fuerza social.
México ya no enfrenta el riesgo inmediato de quedarse solo. Y la ultraderecha acaba de descubrir que América Latina todavía tiene mucho que decir en las urnas.